Manifiesto

Desarmar el psicoanálisis no es un simple ejercicio retórico; es la exigencia ética que nos impone nuestra práctica clínica y nuestra lectura atenta del malestar en la cultura. Si acudimos a la acción de desunir y separar las piezas que componen un engranaje, tal como lo enuncia el sentido literal de la palabra, es porque el psicoanálisis mismo repudia la fijeza del dogma. Desde su acto fundacional, la teoría psicoanalítica se ha erigido como un cuerpo vivo, sometido a una tensión incesante, en perpetuo movimiento de deconstrucción y reinvención.

​Freud fue el primero en hacer de esta operación un método lógico y clínico. Su recorrido no es el de una acumulación pacífica de saberes, sino el de un constante des-armar sus propias certezas. Inició su camino apoyado en las concepciones biologicistas del psiquismo y la neurología de la época, sosteniéndose en el andamiaje del proyecto y la representación de la neurona Psi, para verse empujado, por la insistencia del sufrimiento de sus pacientes, al hallazgo subversivo del inconsciente. Lo que en un primer momento fue planteado como una instancia tópica, debió desarticularse frente a los impasses de la clínica, forzando a Freud a repensar el inconsciente en su vertiente adjetiva y a postular, en el cenit de su obra, la radicalidad de la pulsión de muerte. Allí donde el sentido fracasa, lo pulsional exige siempre un nuevo armado.

​Este mismo espíritu subversivo animó el retorno a Freud propuesto por Jacques Lacan; una exigencia de volver a la letra para des-armar el psicoanálisis complaciente y adaptativo que dominaba los estamentos de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA). Este desgarramiento le permitió articular un nuevo postulado, cimentando en la lingüística y el estructuralismo la tesis del inconsciente estructurado como un lenguaje. Pero el rigor innegociable de su enseñanza le impidió acomodarse en la tiranía del significante. La incesante escucha del consultorio y la emergencia de los síntomas contemporáneos lo empujaron hacia giros conceptuales inéditos, llevando la teoría a los confines de la topología. Fue allí donde des-armó la primacía de un registro sobre otro para situar su clínica en el anudamiento estricto de lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario mediante la escritura del nudo borromeo, culminando su andadura lógica en la formulación del sinthome como aquello que anuda, de manera absolutamente singular, el goce de cada sujeto.

​De manera análoga, la experiencia misma de un análisis es, en su esencia, una operación de desarme. En el dispositivo analítico, quien dirige la cura aloja el discurso del analizante para que la fijeza de sus identificaciones comience a resquebrajarse. Se trata de propiciar el des-armado de la posición subjetiva cristalizada y de conmover la escena referencial del fantasma, allí donde el sujeto ha quedado fijado a la repetición y al sufrimiento. Un análisis empuja hacia la destitución de esas respuestas prestadas, operando sobre lo irreductible del síntoma para posibilitar que el analizante arme una manera inédita, advertida y singular de habitar el mundo.

​El mapa actual del movimiento psicoanalítico ofrece diversas coordenadas para la formación y la transmisión, anudadas a nombres y estructuras institucionales. Cada uno de estos dispositivos responde a una historia, a una política del síntoma y a unos engranajes societarios que han sostenido, con sus propios impasses, el andamiaje del Campo Lacaniano. No obstante, la cristalización institucional conlleva siempre el riesgo estructural de la asfixia conceptual: el inminente peligro de que la teoría devenga un dialecto hermético, una jerga para iniciados donde los conceptos funcionen como meras contraseñas de pertenencia política o credenciales de erudición, perdiendo su potencia subversiva frente al malestar en la cultura.

​”Des-armando el psicoanálisis” no irrumpe para disputar ese territorio societario ni para erigirse como una nueva burocracia que administre el saber o expida garantías analíticas. Su radical diferencia radica en la posición desde la cual concibe la transferencia de trabajo y la apropiación del corpus psicoanalítico. Mientras que la dinámica de las Escuelas a menudo termina atrapada en las lógicas de grupo y en la exigencia de obediencias institucionales, este espacio se sitúa en una extimidad deliberada. Propone una transmisión liberada del peso del dogma y de las filiaciones partidistas, para devolverle a los conceptos su filo y su urgencia clínica. Nos desmarcamos de la repetición eclesiástica y del comentario de texto inerte para hacer del psicoanálisis un saber hacer que permita responder con agudeza a las derivas opacas de los síntomas contemporáneos y a los embates descarnados de la pulsión.

​En este horizonte clínico y epistémico se inscribe nuestra apuesta. Lejos de la ambición desmedida de intentar refundar la teoría, se trata de una urgencia por hacer algo fecundo con los conceptos que hoy sostienen nuestra arquitectura frente a las nuevas presentaciones clínicas. Exige practicantes capaces de servirse de la brújula topológica, de leer rigurosamente el anudamiento entre lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario en la presentación de cada caso, sin que la teoría funcione como un lecho de Procusto. El objetivo fundamental de “Des-armando el psicoanálisis” es ofrecer una vía de transmisión donde la lógica del sinthome se encarne y opere efectivamente en la escucha; un lugar de trabajo donde la teoría no sea un saber muerto, sino letra viva, invitando a cada clínico a forjar una práctica advertida, rigurosa y, sobre todo, a la altura de la época.

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