La afirmación lacaniana de que lo real no engaña constituye una brújula ética para la práctica analítica. A diferencia del orden simbólico, entramado de significantes inherentemente equívocos, y del registro imaginario, escenario de espejismos y falsas totalidades, lo real es aquello que no miente porque, sencillamente, no habla. Es lo que retorna siempre al mismo lugar, lo imposible de negativizar, el tope contra el cual se estrella el sentido. El sujeto que llega a la consulta lo hace, por el contrario, inmerso en el engaño fundamental del lenguaje. Su relato, su queja, su historia, es una construcción fantasmática tejida para velar un punto de real, para dar un sentido soportable a un goce que lo excede.
El síntoma es la formación clínica donde esta tensión se hace más patente. El paciente sufre, y al mismo tiempo, en una paradoja que define la economía del goce, se satisface en ese sufrimiento. El síntoma es, como lo precisó Lacan, “lo más real que tiene el sujeto”. No engaña. La crisis de angustia, el acto compulsivo, la inhibición que paraliza, son irrupciones de un real que el discurso del fantasma ya no logra contener. El análisis no busca, entonces, interpretar el síntoma para disolverlo en un nuevo sentido, en una ficción más adaptativa. Eso sería colaborar con el engaño, ofrecer un semblante que reemplace a otro. La dirección de la cura apunta, más bien, a cercar ese núcleo de goce que el síntoma envuelve. Se trata de llevar al sujeto a reconocer cómo, en la repetición sintomática, se las arregla con lo real de la no relación sexual, con la falta en el Otro (S(Ⱥ)).
El deseo, articulado a la falta, es lo que moviliza al sujeto, siempre en una carrera metonímica tras un objeto perdido por estructura, el objeto a. El fantasma ($ <> a) es la fórmula que escribe la relación del sujeto dividido ($) con este objeto causa de su deseo, proveyendo un marco, una ventana a través de la cual la realidad se hace vivible y el goce se localiza. La práctica analítica, a través de la transferencia y de la posición del analista encarnando ese objeto a, permite que esta fórmula fundamental se despliegue y, eventualmente, se cuestione. El trabajo no es eliminar la falta, lo cual sería una promesa falaz, sino permitir que el sujeto pueda inventar un nuevo modo de hacer con ella, un saber-hacer-ahí-con (savoir y faire avec) su síntoma, una vez que este ha sido despojado de los ropajes del sentido que lo hacían intolerable.
En la clínica se observa cómo sujetos atrapados en narrativas de fracaso repetitivo, al ser confrontados no con una interpretación que “explique” su historia, sino con el corte de la sesión que subraya el goce en juego en su decir, logran tocar algo de ese real. Tocarlo no para comprenderlo, pues lo real es opaco al sentido, sino para consentir a él de otra manera. La verdad que se alcanza en un análisis no es una verdad de adecuación entre el dicho y el hecho, sino una verdad mentirosa, una verdad que tiene estructura de ficción, pero que permite al sujeto responsabilizarse por la posición de goce que, sin saberlo, siempre ha elegido. El análisis conduce del engaño del sentido a la verdad del síntoma, donde lo real, finalmente, deja de ser un destino para convertirse en una contingencia con la que es posible inventar.
Bibliografía:
Lacan, J. (1964). El Seminario, libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.
Lacan, J. (1972-1973). El Seminario, libro 20: Aun. Buenos Aires: Paidós.
Miller, J.-A. (2011). La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica. Buenos Aires: Paidós.

